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Escena de un crimen desapasionado


Escena de un crimen desapasionado.




El caso del matrimonio Giustozzi mantuvo en vilo a la opinión pública durante semanas, y no porque se dudara acerca de la caratula del crimen: asesinato seguido de suicidio, sino por la absoluta impericia de las autoridades policiales para hallar un móvil que lo explique.

Los dos cadáveres fueron encontrados dentro del dormitorio, acostados uno junto al otro en la cama. Las pericias determinaron que ella había disparado el arma, un tiro mortal y a corta distancia. Luego se quitó la vida con un balazo en la boca. La puerta del dormitorio estaba cerrada con llave desde adentro.

—Tal como puede ver, profesor Lugano —dijo el comisario—, claramente se trata de la escena de un crimen pasional; sin embargo, no hay señales de lucha. La habitación se encuentra en perfectas condiciones. La puerta cerrada desde adentro, sin ventanas al exterior, nos permite deducir que los cuerpos no fueron movidos por un tercero. Tampoco encontramos ningún motivo clásico, como celos, dinero o infidelidad. Ella lo mató y él se dejó matar, así de simple.

—Estoy en desacuerdo, comisario —dijo el profesor—. Ciertamente no hay señales de lucha, y menos aún de defensa; no obstante, todo lo que puedo observar en esta habitación demuestra que aquí hubo una larga y fuerte discusión.

—¿De qué habla, profesor? —dijo el comisario— El lugar está en impecables condiciones de orden y limpieza. Incluso los dos óbitos se encuentran perfectamente vestidos, perfumados, y con cartas de puño y letra en la que se despiden de sus amigos y familiares. Las pericias determinaron que ambas caligrafías no fueron forzadas. Una discusión que termina a los balazos normalmente deja evidencias.

—Precisamente. La ausencia de esas evidencias prueba que ésa última discusión fue sobre un asunto muy serio, y que ella fue la que mejor argumentó.

—¿Y sobre qué se discutió?

—Nada importante, al menos para su informe policial; simplemente quién sería el asesinado y quién el suicida.




Filosofía del profesor Lugano. I Relatos de detectives.


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Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead»


Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead».




El Naturom Demonto es un libro prohibido que nació en la película de terror de 1981: The Evil Dead, dirigida por Sam Raimi, que posteriormente se esparció en una franquicia de cuatro capítulos.

La saga gira en torno a este libro maldito, el Naturom Demonto, también llamado Necronomicón Ex-Mortis o Libro de los muertos, básicamente un antiguo texto sumerio que permite controlar a los muertos y toda clase de espíritus diabólicos.

En este contexto, el Naturom Demonto no es otra cosa que un libro de nigromancia, arte detestable que persigue la invocación y el control de los muertos, o mejor dicho, de los cadáveres ausentes de alma y voluntad propia.

Este libro proscrito está emparentado con el Necronomicón de H.P. Lovecraft, mencionado brevemente en el relato pulp de 1924: El sabueso (The Hound), y luego protagonizando historias mucho más elaboradas de los Mitos de Cthulhu; como El morador de las tinieblas (The Haunter Of The Dark) y La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out Of Time).

En este contexto, el Necronomicón es el vértice de los Mitos de Cthulhu, es decir, un elemento que le da coherencia a las historias dispersas de dioses antiguos que se disputan la soberanía del universo.

No obstante, no todas las páginas escritas por el árabe loco, Abdul Alhazred, se comprometen con esa crónica de los Antiguos. Hay otras, mucho más personales, que simplemente conducen a la locura del lector imprudente.

Uno de estos capítulos es el Naturom Demonto que aparece en la franquicia de Evil Dead.

Así como el ocultismo y el esoterismo son artes cooperativas, los Mitos de Cthulhu también fueron ampliados por los escritores pertenecientes al Círculo de Lovecraft: autores como August Derleth y Clark Ashton Smith aportaron lo suyo; éste último con el Libro de Eibon; así como Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano), y Robert E. Howard a través del Unaussprechlichen Kulten.

El aporte de Evil Dead a la bibliografía del Necronomicón es el Naturom Demonto, tal vez menos conocido que sus predecesores pero igualmente inquietante.

Las raíces del Necronomicón se esparcen sobre el Naturom Demonto y aún más allá, dándole forma a los horrores irreconocibles del cosmos. Recordemos que incluso la criatura creada por el artista suizo H.R. Giger, llamada Alien, pero cuyo nombre real es Xenomorfo, está directamente vinculada al Necronomicón.

El clásico de Sam Raimi, The Evil Dead, es uno de los herederos menos populares del Necronomicón. Pero las diferencias entre el Naturom Demonto y el libro apócrifo de Lovecraft nada tienen que ver con su contenido, sino con el perfil de quienes acceden a él.

En las historias de H.P. Lovecraft, todos los que tienen acceso al Necronomicón son hombres cultos, muchas veces versados en las artes oscuras. En Evil Dead, en cambio, los imprudentes que abordan el Naturom Demonto son cinco adolescentes que encuentran una copia y una transcripción en una cabaña miserable emplazada en los bosques de Tennessee.

Sin embargo, aquellos cinco adolescentes no son quienes descifran los misterios del Naturom Demonto. Es la grabación realizada por el propietario de la cabaña, un arqueólogo desaparecido, la que despierta a los espíritus aletargados que habitan en el bosque, continuando de este modo la tradición lovecraftiana de científicos asociados al Necronomicón.

De acuerdo a Evil Dead, el Necronomicón es un libro encuadernado en piel humana y escrito con sangre. Por su parte, H.P. Lovecraft jamás dio datos específicos sobre la apariencia del Necronomicón, ni siquiera cuando sus personajes lo rastrean en la apócrifa Universidad de Miskatonic.

Hasta la llegada de Evil Dead, el Necronomicón fue un libro perseguido al que sólo los hombres eruditos en las ciencias arcanas podían acceder. Luego de la aparición del Naturom Demonto, el Necronomicón Ex-Mortis, hasta un grupo de adolescentes inconscientes, intelectualmente precarios, pueden convertirse en sus víctimas.

Al parecer, nadie está a salvo de sus páginas.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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El secreto de ver formas en las nubes


El secreto de ver formas en las nubes.




El científico y la poetisa estaban echados en el pasto, en silencio, buscando formas en las nubes.

—¿Qué ves? —preguntó la poetisa.

El científico se humedeció los labios. Nunca dejaba pasar la oportunidad de desparramar sus conocimientos.

—La pregunta no sería qué veo, sino qué es lo que mi cerebro me hace ver.

—Ah —dijo la poetisa.

El científico se apoyó sobre un codo y la observó, olvidándose de las nubes.

—¿Sabés por qué vemos formas en las nubes?

—No.

—Pareidolia.

—¿Parei... qué?

—Dolia. Es un fenómeno cognitivo, básicamente. El cerebro procesa un estímulo visual aleatorio y le da una forma reconocible; por ejemplo, percibiendo equivocadamente una cara o una silueta en las nubes. Algo parecido al test de Rorschach. ¿Lo conocés?

—Sí, claro.

—Y por esa razón no todos vemos lo mismo en las nubes —dijo él, una vez agotados sus argumentos.

—Al final no me respondiste —dijo la poetisa—. ¿Qué ves en las nubes?

El científico volvió la mirada hacia el cielo.

—En esa nube veo la forma de un rostro de perfil. Ahí está la nariz, ahí está la boca, el mentón. ¿Vos qué ves?

La poetísa señaló a una nube ligeramente retrasada del resto, y luego dijo:

—Una nube que nos observa; intenta imaginar qué forma tenemos.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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El amor imposible de la luna


El amor imposible de la luna.




El filósofo subió a lo alto de la colina.

Era noche cerrada. Las nubes se amontonaban en el horizonte como un rebaño entumecido que espera los dedos rosados del alba.

En esa hora incierta elevó su voz al cielo.

—La tenacidad es un rasgo deseable en muchas actividades pero no en el amor —dijo el filósofo—. El insistidor rara vez seduce, a lo sumo desgasta. Su virtud no es la conquista elegante sino la voluntad de perpetuar un asedio tan prolongado que, por hambre, sed o aburrimiento, la plaza finalmente se rinde ante él.

El filósofo aguardó que sus palabras atravesaran la negrura, pero la luna, con un brillo fatigoso, casi indiferente, se asomó entre las nubes.

Desde entonces fueron muchos los sabios que ascendieron a la colina para persuadir a la luna; pero esta continuó saliendo, noche tras noche, con la íntima convicción de que algún día el girasol la miraría.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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